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16 mar 2018

Guillermo del Toro, el amante de los monstruos



El director mexicano, ganador del Oscar, es un producto de su infancia y adolescencia
Era un niƱo de ojos azules, muy rubio y muy delgado. No se parecĆ­a en nada fĆ­sicamente a sus amigos en su ciudad natal, Guadalajara (Jalisco), donde nació el 9 de octubre de 1964. “Era como ario. Y enclenque”, recuerda. Pero eso no marcó la infancia de aquel crĆ­o, hoy convertido en Guillermo del Toro,grande del cine mundial. A aquel niƱo le cambió la vida la loterĆ­a que le tocó a su padre a sus cuatro aƱos. Federico del Toro, estricto católico, se dedicaba con Ć©xito a la compraventa de coches, pero dejó el colegio de crĆ­o, con lo que cuando le llegó aquel premio, decidió comprar toda una biblioteca. “Estaban todos los clĆ”sicos infantiles, aunque tambiĆ©n La enciclopedia de la medicina familiar y los 10 volĆŗmenes de Cómo mirar el arte”. El cineasta aprendió muchĆ­simo de pintura, del cuerpo humano… y se convirtió en un “hipocondriaco prematuro por culpa de aquella enciclopedia”.


Del Toro es un claro producto de su infancia y adolescencia. Hasta que cumplió 20 aƱos leyó un libro cada dos dĆ­as. Compraba cómics de terror impulsivamente e ilustraba sus primeros relatos. Sus obsesiones eran la criatura de la pelĆ­cula La mujer y el monstruo (en su tĆ­tulo para EspaƱa, en HispanoamĆ©rica se la conoce como El monstruo de la laguna negra), el fantasma de la ópera, segĆŗn la recreación de Lon Charney, y la criatura de Frankenstein. Con ocho aƱos empezó a rodar cortometrajes, gracias a la otra influencia familiar, su madre, la actriz Guadalupe Gómez.

Estudió en el Centro de Investigación y Estudios CinematogrĆ”ficos, en Guadalajara. Y estuvo una dĆ©cada volcado en el maquillaje, para lo que creó su propia compaƱƭa de efectos, Necropia, antes de ser productor ejecutivo de un filme a los 21 aƱos. “Con 20 aƱos conocĆ­ al realizador Jaime HUmberto Hermocillo, que me apadrinó. Ɖl me enseñó esta frase: ‘Si no hay carretera, la construyes”. Y asĆ­ ha hecho siempre. De Hermosillo tambiĆ©n aprendió la importancia de apoyar a los jóvenes; de ahĆ­ que Del Toro sea el padrino de muchos cineastas actuales: de su mano empezó, por ejemplo, Juan Antonio Bayona.

A inicios de los ochenta, coinciden en un despacho Del Toro y un tal Alfonso Cuarón, que acababa de debutar como director de televisión en un episodio de Hora marcada, en el que adaptaba un cuento de Stephen King para esta serie de terror. Mientras esperaba al productor, un tipo le miró desde el otro lado del despacho. “Supe inmediatamente quiĆ©n era, porque habĆ­a oĆ­do muchĆ­simo hablar de Ć©l. Era el artista de efectos especiales de maquillaje de Guadalajara que habĆ­a estudiado con Dick Smith”, recuerda Cuarón. “Todo el mundo lo describĆ­a como listo, divertido y muy, muy raro”. Empezaron a hablar de King, de cuĆ”nto les gustaba, hasta que Del Toro le dijo: “Si la historia es tan buena, ¿por quĆ© has hecho un capĆ­tulo tan malo?”. Y lo diseccionó de tal manera que Cuarón se rindió a la evidencia y surgió la amistad. Curiosamente, Del Toro acabó dirigiendo tambiĆ©n episodios de esa serie —“igual de malos”, confiesa— antes de hacer publicidad (como un delirante anuncio de 1991 para Alka-Seltzer, en el que encarna a un ejecutivo que, tras sufrir dolores estomacales en medio de una reunión, se transforma en un hombre lobo) y debutar en un largo con Cronos, una vuelta de tuerca al vampirismo con Federico Luppi como protagonista.

Al otro vĆ©rtice del triĆ”ngulo de los tres amigos, Alejandro GonzĆ”lez IƱƔrritu, lo conoció mĆ”s tarde: en 2000. Del Toro le aconsejó sobre el montaje de Amores perros. Cuando el director de El renacido se rindió ante esa tarea, Del Toro le propuso encerrarse un fin de semana en su casa, la de IƱƔrritu, con la nevera bien llena, para ver quĆ© podĆ­a hacer con aquella pelĆ­cula. El lunes abrió la puerta con el montaje definitivo de Amores perros.

A finales de los noventa, el mexicano pasó dos malos tragos dificilĆ­simos. En 1997 trabajó con los hermanos Weinstein en su segunda pelĆ­cula, Mimic, y los productores le hicieron la vida imposible. “Fue mi primera experiencia en Hollywood y casi acaba siendo la Ćŗltima”, recordaba dĆ©cadas despuĆ©s. Del Toro ademĆ”s invirtió todo su dinero en el desarrollo del proyecto; asĆ­ que estaba realmente sin blanca cuando al aƱo siguiente le llamaron desde su casa en Guadalajara: habĆ­an secuestrado a su padre y pedĆ­an de rescate un millón de dólares. Nadie de la familia poseĆ­a tal cantidad. Y entonces apareció otro amigo, James Cameron, al que Del Toro habĆ­a conocido en el rodaje de Cronos. Cameron puso esa cantidad y contrató un negociador, y 72 dĆ­as despuĆ©s de ser secuestrado, Federico del Toro volvió a su hogar. Pero su hijo nunca mĆ”s volvió a vivir en MĆ©xico. Lo que no quiere decir que su paĆ­s natal no siga dentro de Ć©l, como demostró al producir El libro de la vida (2014), una pelĆ­cula animada precursora de Coco.

Del Toro es omnĆ­voro en su cultura y su alimentación. PantagruĆ©lico, homĆ©rico, cinĆ©fago… No deja de trabajar, coleccionar… “Este aƱo me lo voy a tomar de sabĆ”tico”, decĆ­a en octubre en Sitges. “Quiero viajar, dedicar mĆ”s tiempo a mis dos hijas”. Pero el descanso es de la dirección de ficción. Porque estĆ” realizando un documental sobre Michael Mann y ademĆ”s produce varias series. Los dĆ­as de Del Toro son tan grandes como Ć©l: con espacio para la escritura, el dibujo, la producción… Vive entre Toronto y Los Ɓngeles, donde estĆ” localizada Bleak House, una casa de aire gótico pegada a su residencia en la que aloja su gigantesca colección de objetos curiosos, libros, juguetes, tebeos… Cuando vivió en Madrid, durante el rodaje de El espinazo del diablo, al lado del Retiro, viajaba con sus 5.000 cómics favoritos. Hoy todo se conserva en Bleak House.

En su carrera ha defendido con fiereza su trabajo. Por eso abandonó, por ejemplo, la dirección de El hobbit. Crea bajo el lema: “Una pelĆ­cula para los estudios, otra para mĆ­”. La forma del agua la rodó bajo mĆ­nimos, con muy poco dinero, como una obra suya, antes de que la adquiriera Fox. “Ha sido uno de los tres peores rodajes de mi vida”, confesaba en Sitges. “Otra cosa es el resultado”. El domingo los Oscar oficializaron el reconocimiento mundial a su talento., y le dieron la razón.

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